9 - EL ERMITAÑO

             o EL INICIADO

Al levantarse el sol en el horizonte, el príncipe, disfrazado de ermitaño, se puso en pie y partió hacia donde sentía la llamada de una nueva generación de aspirantes al conocimiento.

Su vestido era una túnica blanca de lino y se protegía con un amplío manto gris de forro azulado. En su mano derecha empuñaba el bastón de su poder: una vara en forma de tau y dos serpientes enroscadas de abajo arriba, la una negra y la otra dorada. Con su mano izquierda protegía y llevaba la lámpara encendida de siete rayos que lucía día y noche sin consumirse. Era la luz que ningún viento podía apagar y ningún salteador arrebatar porque formaba parte de la herencia del conocimiento y estaba destinada a guiar a quienes habían invocado su nombre.

El príncipe, el iniciado, disfrazado de ermitaño, analizaba el camino de regreso y veía cuan diferente era a su partida de la patria de origen. La iniciación y tu sabiduría te habían convertido en un hombre sin patria y las gentes a su paso no le llamaban ni loco, ni mago, ni profeta. Sólo se fijaban en su humilde aspecto, quienes llevaban el signo del sol en la frente y le habían pedido ayuda en silencio interior.

Ahora, de regreso, alcanzado el secreto de la obra alquímica, devolvía a los hermanos lo que a su vez había recibido, cumpliendo en justicia la vieja ley del conocimiento: el encuentro es para el amor, el amor para la fuerza, la fuera para la obra, la obra para los hermanos.

Su acción tenía lugar bajo la influencia de Júpiter y Urano, entre Leo y Acuario.

 

 

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El Ermitaño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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